y de repente

Ella sonreía. Sonreía siempre. Aunque se le rompiese el cielo en la cabeza, movía los músculos de la boca y poco a poco, vacilando, temblando, estiraba los labios y enseñaba los dientes. Forma fácil de tener contento a todo el mundo. Pero luego sólo podía escuchar canciones de piano, y los ojos se le quedaban lánguidos, y se masacraba las uñas. Y quería un abrazo, necesitaba desesperadamente un abrazo, pero no quería acercarse a nadie ni que nadie se le acercase. Y le daba la impresión de que hacía daño, de que estaba jodiendo algo, y eso dejaba la sonrisa congelada en su cara como una baratija que no le sentaba bien.

De repente, otra caída. Y lo mejor es que no sabía por qué.

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